Aunque está en el centro de Europa -a menos de dos horas en avión de casi todas las ciudades españolas- y aunque fue uno de los estados fundadores de la Unión Europea y tiene una historia rica, Luxemburgo sigue siendo un gran desconocido. Para presentar este país, algunos de sus datos más curiosos: es 200 veces más pequeño que España (2.586 km2), tiene el mayor Producto Interior Bruto por cápita del mundo, pero también el IVA más bajo de Europa (entre el 3 y el 17%), es uno de los tres países más ricos del mundo (con un sueldo medio mensual que supera los 4.600 euros) y… es el tercer país con mayor índice de consumo de vino por habitante (44 litros al año), casi el doble que España (25 litros) pero casi la mitad que el primero que curiosamente el Vaticano (¡74 litros por habitante!)…

Muchos de estos datos sorprenden aún más teniendo en cuenta que la casi totalidad del país fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial. Gracias al acero, primero, y a la banca, después, Luxemburgo está hoy donde está. Pero si su milagro económico es conocido, así como la actividad social de los Grandes Duques, no lo es tanto el país en sí, sus bellezas y encantos turísticos, sus paisajes, sus pueblos medievales, sus castillos, su naturaleza infinita… Alguien dijo que se asemeja a uno de esos caros perfumes que vienen en frascos pequeños.

La historia de este pequeño país europeo se remonta a la Edad Media; en concreto, al año 963, con la construcción del castillo de Luxemburgo. Alrededor de esta fortificación se desarrolló gradualmente una ciudad que se convirtió en el centro de un importante feudo de gran valor para Francia, Alemania y los Países Bajos, que se lo disputaron durante siglos. Por esta situación estratégica y por sus magníficas defensas fue llamado “el Gibraltar del Norte”.

El casco histórico de la capital, con un entorno espectacular en lo alto de un monte antaño inexpugnable, figura en el Patrimonio Mundial de la Unesco. Allí destaca el llamado Chemin de la Corniche, que algunos han calificado como “el balcón más bello de Europa”: recorre sus murallas del siglo XVII sobre el cañón del río y domina la ciudad baja de Grund, un complejo arquitectónico del siglo XIV con pintorescas casas, llegando a parecer un pueblo medieval. Aquí está la abadía de Neumünster y el Museo Nacional de Historia Natural, dos de las joyas de la ciudad que, sin duda, merecen una visita. Además, Grund es un buen lugar para tomar un respiro y cuenta con un magnífico ambiente nocturno. Pero como la subida a la ciudad alta se hace dura, vale la pena utilizar alguno de los ascensores gratuitos que comunican las dos zonas.

Fortificaciones y casamatas

Hay que seguir el camino por las fortificaciones de Wenceslao para terminar en las calles del centro, silenciosas e impolutas, con tejados de pizarra poblados de buhardillas, a espaldas del Palais Grand Ducal, la Place Guillaume y la plaza de Armas, las más animadas de la ciudad, especialmente por la noche. Cerca está la Grand-Rue, la calle con más tiendas y boutiques de Luxemburgo; la zona está abarrotada de cafés, bistrós y restaurantes, especialmente bulliciosos gracias a la colonia universitaria y a la multitud de nacionalidades que se dan cita en Luxemburgo, destacando, curiosamente, los portugueses, que son el 13% de la población. En cualquiera de esos restaurantes hay que probar el plato nacional, el Judd mat gaardebounem: carne de cerdo ahumada con salsa cremosa, habas y patatas.

Muy cerca están el edificio del Ayuntamiento y la catedral de Notre Dame, de un rotundo estilo gótico tardío. En su interior se puede visitar la cripta y la capilla mortuoria de la familia del Gran Ducado. Otro símbolo de la ciudad es el monumental puente de Adolfo, que en el momento de su inauguración (1903) fue el puente de piedra más grande del mundo.

Curiosamente, el mayor atractivo de la ciudad de Luxemburgo no está a la vista. Se trata de las casamatas, una enorme red de pasadizos que fueron tallados en la roca por los españoles desde 1674 para poder defender la ciudad. Estas impresionantes estructuras fueron construidas con el fin de permitir el movimiento de tropas militares de manera discreta pero sobre todo de forma sorpresiva. Las casamatas, que ocupan hasta 23 kilómetros, esconden algunas leyendas, como la de la bella Melusina, mitad mujer mitad sirena, y también historias lúgubres de los tiempos lejanos en que Luxemburgo fue una de las fortalezas más envidiadas de Europa. Su peculiaridad ha hecho que, junto al centro histórico, sean Patrimonio de la Humanidad.

El recuerdo de la turbulenta historia reciente de Luxemburgo se muestra en dos curiosos “lugares turísticos” muy visitados: el cementerio americano y el alemán, en las afueras de la ciudad. El cementerio militar estadounidense es el lugar de descanso de 5.070 soldados que cayeron durante la Segunda Guerra Mundial. A petición propia, el general George S. Patton fue enterrado aquí. En el cementerio alemán en Sandweiler están enterrados aproximadamente 10.885 soldados alemanes que murieron durante las batallas de 1944 y 1945, especialmente la célebre de las Ardenas, casi al final de la guerra y destino de la primera de nuestras escapadas.

En las Ardenas

Cuesta trabajo pensar que esta región en la parte norte del Gran Ducado de Luxemburgo, con sus enorme espacios verdes, profundos y misteriosos valles, un auténtico paraíso de la naturaleza, fuera el escenario de una de las más dramáticas batallas de la Segunda Guerra Mundial, en el invierno de 1944-45, que durante casi siete semanas, fue uno de los grandes enfrentamientos y la última gran ofensiva del ejército alemán en el frente occidental. Las imágenes de los tanques Tiger y Panther avanzando apresuradamente sobre la nieve, de los soldados estadounidenses cavando trincheras en el suelo helado y de los combates sin cuartel en los bosques, pueblos y encrucijadas forman parte de las más conocidas de la contienda. Hitler lanzó lo mejor que le quedaba, 300.000 soldados, 1.800 tanques y 2.400 aviones, en un desesperado intento por cambiar el curso de la guerra, pero no lo consiguió.

Hoy, sólo un solitario tanque a las puertas del castillo de Clervaux y un pequeño museo militar en su interior recuerdan aquellos tiempos. Más reconfortante es visitar la exposición “Family of Man”, de Edward Steichen, que se muestra en el castillo y que recoge 503 fotografías de 273 fotógrafos de 68 países.

Al cruzar esta región cubierta de bosques por donde transcurren ríos sinuosos, se descubre la belleza de la naturaleza virgen, pero también su rica cultura y sus deliciosos productos regionales. Para garantizar un desarrollo sostenible, se han creado dos Parques Naturales: el del Alto Sûre y el de Our, que desempeñan un papel activo en la conservación del patrimonio natural y cultural y que apoyan una amplia variedad de iniciativas regionales.

Paisajes en los que se vislumbran castillos que se alzan en las alturas y que poseen un tono romántico como los de Vianden y Bourscheid. Tejados de pizarras, fachadas de las casas encaladas con pueblos que están cercados por los meandros de los ríos y que parecen descansar en medio de bosques repletos de hayas… Todo a una altitud de 500 metros. Extensos bosques, un paisaje de colinas suaves y tierras cultivadas y, entre ellos, pueblos medievales con castillos y abadías perfectamente conservados y recuperados para el incipiente turismo y, sobre todo, para alimentar y salvaguardar el folclore y la identidad luxemburguesa.

Sin duda, la joya de la región es el pueblo y castillo de Vianden, a orillas del río Our, reconocidos como Patrimonio de La Humanidad. El castillo fue construido sobre las ruinas de un castellum romano, y fue la residencia de los duques de Vianden hasta que estos lo abandonaron y se mudaron a los Países Bajos. A eso se le sumó un fuerte incendio y un terremoto que lo dejaron casi en una absoluta ruina, y así permaneció durante muchos años. En 1977, el duque Jean cedió el castillo al estado, que comenzó una ardua tarea de restauración convirtiéndolo en uno de los más maravillosos de estilo medieval de toda Europa. Vale la pena recorrer el pintoresco pueblo, con sus casas en tonos pastel y sus tejados de pizarra y teja, en el que vivió unos meses Víctor Hugo, y contemplar el castillo desde abajo, pero luego subir en un rústico telesilla que lo sobrepasa y permite verlo desde arriba.

Aunque es más bello por fuera, en su interior hay una moderna sala de exposiciones llena de picas y armaduras, la capilla del siglo XIII es una rareza, ya que tiene un pozo central, y la cocina es muy original. En la sala Arend se muestra una colección de fotografías de visitantes famosos, desde Mijail Gorbachov hasta John Malkovich, pasando por la reina Sofía.

No muy lejos (nada está lejos en una país de 80 kilómetros de largo por 30 de ancho) está el Mosela, que ha dado nombre a uno de los vinos más famosos de Europa, pese a ser una de las regiones vinícolas más pequeñas. Llama la atención la perfecta colocación de las vides que suben y bajan por el valle, tan bien colocadas que parecen haber sido peinadas. Se pueden visitar los numerosos viñedos, participar en las catas de vino y conocer el ambiente local, la forma de vida en esta región y la cultura del vino. Los luxemburgueses están orgullosos de sus vinos blancos, afrutados y jóvenes, espumosos, rivaners, sensuales pinot blancs y equilibrados rieslings, como se puede comprobar en las degustaciones de las numerosas bodegas que se reparten por estos pequeños pueblos.

La “pequeña Suiza”

Otra de las zonas más interesantes de este pequeño país se encuentra en la parte centro-oriental, entre Echternach y la población de Diekirch, junto a la frontera alemana: se la conoce como «la pequeña Suiza» por su paisaje montañoso. Este enclave está salpicado de pueblecitos de ambiente medieval, magníficos paisajes, antiguas ruinas y castillos románticos situados en lo alto de las colinas.

La región se caracteriza por formaciones rocosas de arenisca que son tan seductoras como sorprendentes. Es la composición única de la roca y la erosión del suelo lo que ha contribuido a la creación de este paisaje tan típico de la región. Como “capital” de la región de Mullerthal, Echternach es la ciudad más antigua de Luxemburgo. En 2010, la famosa procesión de baile de Echternach pasó a formar parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO. Entre las principales atracciones turísticas de la ciudad, además de la preciosa Plaza Mayor, se encuentran el Museo de la Abadía, la Villa Romana, la Basílica de San Willibrod y el centro cultural Trifolion.

La ciudad es el punto de partida para numerosas excursiones por los kilómetros de senderos que conducen a través de campos y bosques en el corazón de un entorno natural que está casi intacto. Parece la residencia perfecta para hobbits y duendes, con barrancos estrechos, arroyos cristalinos y extrañas formaciones rocosas. Al caminar por estos senderos bien señalizados se atraviesan desfiladeros tan angostos como el ancho de los hombros y se cruzan arroyos con riberas musgosas. Un propuesta original es la que se ofrece en las afueras de Echternach y que se denomina “Dormir como Diógenes”. Se trata de una serie de barriles-casa hechos en madera que permiten acoger a dos adultos y dos niños utilizando los servicios, barbacoa y cocina del complejo. Lo mejor, el precio: tres noches para las cuatro personas por solo 120 euros.

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Sobre nosotros.

Una periodista francesa ‘expatriée a Barcelona’ que colabora con medios de ambos lados del Pirineo.