Del mismo modo que las personas no son iguales, los vinos tampoco. Partiendo de este sencillo axioma surge una reflexión sobre el rol del vino en un mundo globalizado. Veremos que este hecho ejemplifica lo cíclico del discurrir humano, ese ir para volver tan nuestro, encarnado en esta ocasión en la paradoja que es objeto de este artículo.

A mediados del s. XX elaboradores y viticultores convergían en la necesidad de cultivar variedades internacionales para tratar de realizar una exitosa inmersión en la exportación de vino y competir así con los vinos italianos y franceses que generaban el favor de una influyente crítica que ignoraba sistemáticamente a los vinos españoles y cuya opinión podría asegurar o bien limitar el éxito comercial y/o la entrada a tal o cual mercado, de tal o cual vino.

Por otro lado, el avance tecnológico de la última mitad de siglo propició el contexto adecuado para que se iniciase así una tendencia a la homogeneización de los vinos, una unicidad organoléptica resultante de los nuevos estándares de producción, dando lugar a buenos vinos, pero faltos de personalidad.

Como consecuencia a corto plazo se produjo el abandono progresivo de métodos ancestrales de cultivo, el olvido de las variedades autóctonas y el cuidado irresponsable para con la tierra, amenazada por pesticidas y herbicidas usados para alcanzar el fin último: una gran productividad.

Se podría decir que hablamos de una evolución desequilibrada del mundo del vino, reducida al binomio resultante de la revolución industrial del s. XIX: Empleadores – empleados, o en el caso que nos ocupa, elaboradores – consumidores. El individuo como parte, despejado de humanidad.

Hoy, entrados en el siglo XXI, las consecuencias de largo alcance llegan a nosotros y nos obligan a parar y pensar. El mundo se ha vuelto pequeño y trasparente. Habitamos un mundo globalizado, ultraconectado, saturado de información y ruidoso. Un ruido virtual permanente y gris que por su enormidad carece de esencia y donde la reivindicación de la propia identidad del individuo se ve representada y amplificada por la respuesta de los elaboradores que se quieren diferenciar del resto y salir airosos. Aunque converge aquí otro factor que no da más opción que repensar el modelo productivo y de consumo del sector del vino: La amenaza del cambio climático y sus consecuencias en la agricultura.

Las tendencias de consumo de hoy dicen mucho de esta nueva realidad. Una realidad que mira adentro para buscarnos a nosotros mismos y nuestro bienestar, pero también mira hacia fuera, a nuestro entorno natural y social.

Esta búsqueda de autenticidad demanda a elaboradores y viticultores vinos con historias que contar, vinos con alma que converjan con la necesidad de arraigo e identidad de los propios consumidores, que nos represente y nos reafirme como individuos en un mar de concurrido de perfiles grises y líneas de comunicación tan rectas como transitadas. Vinos de certificación ecológica, orgánica, biodinámica, en nuevos formatos y de mayor calidad. Vinos, al fin y al cabo, con humanidad. La metáfora de la consagración del individuo, esta vez, como un todo y en paz con su entorno.

“Si bien a mediados del s.XX la tendencia era la homogeneización de los vinos, hoy iniciamos el camino en sentido contrario, buscando la identidad, la parte del alma de los vinos. Su singularidad. Su humanidad.”

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