Todas las relaciones que logran trascender sufren de inicios tormentosos o cuanto menos, pelín dramáticos. Sea como fuere, nuestro binomio protagonista ha mantenido una historia de amor-odio que poco a poco, frontera tras frontera (gastronómica) ha tornado en una alianza perfecta para paladares aventureros.

Lo viejo vs. lo nuevo. Un poco de historia

¿Os imagináis una Europa sumida en una perpetua embriaguez? Llevada al extremo, la imagen no dista mucho de la realidad del continente hasta la segunda mitad del s.XVII. Las razones van más allá del mero vicio:

El agua era insalubre y los sistemas de canalización de las grandes ciudades eran un recuerdo muerto del imperio romano. Los licores no existían, la cerveza sin lúpulo no se podía conservar, el café se desconocía. El vino era la alternativa más higiénica. Y añado, la más divertida….

Pero durante la segunda mitad de siglo, las cosas cambiaron. Se crearon sistemas de canalización del agua en las ciudades, los holandeses afinaban los destilados que pronto seducirían a los ingleses y lo más importante, desde tierras exóticas llegaban nuevos productos que atraían a la aristocracia europea, aburrida y ávida de novedades: té de China e India, café de Arabia y por supuesto, el más versátil, el cacao del continente americano. Demasiada competencia para el vino que veía como perdía su posición dominante entre las clases altas. Lo nuevo seducía. Lo viejo era… eso, viejo.

La industria del vino quedó atrapada en el tiempo. Un sector hierático y sin ideas, mientras que la naciente industria chocolatera evolucionaba de manera exponencial. El cacao se podía beber amargo o comer dulce. El vino era solo vino.

La invención y estandarización del uso de botellas de vidrio para almacenar el vino -casi a la par que el tapón de corcho y el sacacorchos-  y su posterior uso por parte de los franceses para generar el bouquet a sus líquidos permitió al sector reinventarse en lo económico (se triplicó el precio del vino de Burdeos) y en la imagen de prestigio de la región. Miel sobre hojuelas hasta la filoxera, pero esa es otra historia.

Paladares globalizados

Hoy las cosas son bien distintas. La convergencia tecnológica y el acceso a la información derriba fronteras y lo cuestiona todo. Las verdades absolutas se descubren como mentiras antes aceptadas. Los viejos discursos y dogmas mueren.

Somos curiosos y estamos abiertos a lo que el mundo nos puede ofrecer, y el mundo está en nuestros teléfonos, en nuestros bolsillos. Los conceptos fusión, mestizaje y creatividad campan por la gastronomía como siempre debió ser, libres.

El maridaje

El secreto de un buen maridaje entre vino y chocolate reside en el mismo principio básico que se aplica en el maridaje entre vino y alimentos dulces: cuanto más dulzor en la comida más dulce será el vino. Extrapolado a lo que nos ocupa diríamos que, en general, los vinos más ligeros van bien con chocolates similares, mientras que los vinos con más cuerpo encontrarán el abrazo de un mayor porcentaje de cacao.

Pero no todo reside en el sabor. Vino y chocolate son ricos en diversidad de texturas, aromas y sabores. El éxito dependerá de una sabia elección y de vuestra curiosidad.

¿Pero qué puede aportar el vino al chocolate? siempre en un marco genérico podemos diferenciar:

  • Tintos de medio cuerpo y crianzas parciales aportarán aromas a frutos rojos y especias.
  • Los tintos complejos y con madera incidirán en sobre las notas de tabaco, café y vainilla.
  • Los vinos blancos aportan fruta y flores blancas, así como cítricos.
  • Los vinos dulces (blancos y tintos) afectarán a la textura, despertando sensaciones cremosas más que agradables.

 

Celebramos el encuentro de estos viejos enemigos, ahora aliados. De modo que, ¿vino y chocolate? Sí ¿y qué?.

 

 

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Sobre nosotros.

Editor de Contenidos y Social Media Strategist . Guionista de formación, escritor de vocación y 'wine lover' por convicción. Soñador frecuente, viajero ocasional. No le gusta bailar.