Los últimos días de agosto uno siente que algo se le escapa y a su vez, que algo le atrapa. Las noches se tornan frescas, se agradece el roce de la sábana en la piel y el abrazo dormido de la compañía deseada. Las madrugadas vuelven a ser feudo del sueño y la rutina venidera nos reconforta, envuelta, eso sí, de un halo nostálgico.

Además, a los que procedemos de tierra de vinos el fin del verano nos genera una suerte de dicotomía emocional, un “quiero pero no”, un “no te vayas pero vete”, una veleidad que nos tiene unos días algo fuera de nos. No podemos ni queremos evitarlo. Nuestra cronología y vivencias van cosidas irremisiblemente al dobladillo de cada vendimia.

Amanece en el Penedès. Da igual donde. Agosto siempre fue igual. Los mismos olores y sabores, el mismo paisaje y paisanaje… y ahora pasa un tractor. Otro. La cosecha está en marcha y con ella, multitud de festejos tan antiguos como la memoria renacen año tras año y despiertan mis recuerdos.

Celebramos que la tierra provee y exhibimos nuestras mejores galas e intenciones en una -ebria- comunión con los nuestros y con el fruto de la vid. Todo ello vestido con reminiscencias de un pasado pagano unido a sangre y tiempo con la Tierra y sellado con toneladas de pirotecnia que hacen temblar el suelo bajo nuestros pies. Los veranos de mi vida huelen a uva, diesel y pólvora.

Como los poetas felices, los unicornios o los tattoos de henna, todo lo demás es una gran mentira. Solo el recuerdo permanece.

Y aquí me tienen, disertando en este y otros blogs sobre vinos y bodegas, enoturismo y tendencias de mercado. Manda huevos que diría uno… Años atrás, tantos como treinta, servidor, ‘winelover’ y escribano, perseguía tractores por la N-340 a su paso por Vilafranca.

Juanito y Joanet (inseparables, imposible nombrar a uno sin que el otro te atropelle la lengua), Emilio, David… Éramos una suerte de pequeños piratas con las rodillas peladas que abordaban en marcha los volquetes desprotegidos y cargados de uva, camino de las bodegas del Penedès.

David era el más ágil, quizás también el más descerebrado e irresponsable, y nosotros, pequeños cabroncetes, sacábamos ventaja.

  • “Venga Deivid, sube tú y nos las vas tirando. Nosotros las recogemos!”
  • ¡Joer siempre yo!
  • Tío, eres el único que puede… (mentíamos)
  • ¡Sois unos cagaos! (Lo éramos)

Y Deivid subía. Pasaban pocos segundos antes que el “pagès” de turno se percatara del asunto y detuviera el tractor. Para entonces David era ya una sombra lejana y un rastro de uva tras el viejo John Deere anunciaba la pericia de nuestro amigo. Después, nos reuníamos en el punto de encuentro estipulado y repartíamos el botín.

Hoy visito bodegas, rindo pleitesía y admiración a las mismas personas que antes eran objeto de mis juegos y escribo con pasión sobre sus vinos. ¿Madurez? Quizás.

Pervertir, anular y amputar las emociones. Invertir las prioridades, renunciar al descubrimiento. Abrazar la rutina. Morir cómodamente.

Madurar…

Nah, hoy no. Hoy vuelvo a ser un pirata.

 

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Sobre nosotros.

Editor de Contenidos y Social Media Strategist . Guionista de formación, escritor de vocación y 'wine lover' por convicción. Soñador frecuente, viajero ocasional. No le gusta bailar.