Ni el vino blanco sacado directamente de la nevera, ni el cava del congelador, ni el tino a temperatura ambiente… ¡Cuántos tópicos existen sobre la temperatura a la que servir cada vino! Esto, precisamente, es todo un ritual muy cuidado por algunos mientras que para otros sigue siendo un factor totalmente descuidado. Y aunque parece obvio que un vino servido a una temperatura errónea puede perder parte importante de su encanto, pocas veces sabemos cuáles son las temperaturas adecuadas de servicio. Aquí desmontamos unos mitos:

1. ¿El Cava, el Champagne y los espumosos en general, mejor del congelador? ¡Mentira! La temperatura del congelador es demasiado baja para cualquier vino. Con exceso de frío solo reduciremos la expresión del vino. Cierto es que los espumosos agradecen temperaturas bajas de servicio, pero 5 ó 6 grados suelen ser suficientes para tener cierta sensación de frescor al tiempo que gozamos de toda la aromática del vino.

2. ¿Los vinos tintos siempre a temperatura ambiente? ¡Mentira (a menos que vivas al aire libre)! La tan socorrida expresión de “temperatura ambiente” parece haberse acuñado en una época en la que las temperaturas de casa eran bastante más bajas que en nuestros domicilios actuales. Los tintos pueden servirse desde los 12ºC hasta los 18º, quizás 20º. Como norma general, cuanto más viejo el vino mayor la temperatura. Así, un vino joven funciona de maravilla entre los 12 y los 14 grados, mientras que un gran reserva requiere entre 18 y 20 para deleitarnos con toda su complejidad.

3. ¿Los blancos fresquitos, de la nevera? ¡Verdad y mentira! Al igual que sucede con los tintos, los vinos jóvenes deben servirse algo más frescos que los vinos con crianza. Un blanco joven y afrutado exhibe todo su descaro alrededor de los 5 grados, mientras que un blanco intenso y amaderado puede funcionar de maravilla entorno a los 12º.

Resulta igualmente crucial diferenciar entre la temperatura de servicio y la de consumo. En ocasiones servimos el vino a la temperatura perfecta, pero dejamos que gane grados con el tiempo que trascurre en la mesa. La mejor solución a dicho problema no es otra que introducir el vino en una cubitera con hielo y agua; el líquido asegura que la temperatura se reparta de manera uniforme por toda la botella. Si creemos que la botella se está enfriando en exceso, podemos alternar periodos dentro de la cubitera con otros fuera de ella. Y, si tenéis prisa, siempre podéis añadir sal sobre el hielo para que éste se derrita antes y enfríe mejor el agua.

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