Lo ames o lo odies; te cause indiferencia o filias varias, el universo Vino, en su más amplia  acepción ha modelado nuestra cultura y nuestro entorno natural. Una suerte de demiurgo hedonista con ínfulas de paisajista cuyas raíces transcienden al subsuelo y alcanzan a vertebrar los principales retos a los que nos enfrentamos como sociedad.  

Una mirada, si se prefiere, a los principales retos y oportunidades, contradicciones y paradojas, convergencias y divergencias surgidas del cambio de paradigma que la globalización y sus derivadas; amén de un galopante y nuevo escenario climático, han traído consigo. 

El amplio y abstracto concepto de globalización adquiere especial significado y relevancia si atendemos al mundo del vino y sus particularidades. Globalización, convergencia tecnológica y cambio climático se significan como principales agentes del cambio. Un triángulo cuyas interacciones entre sus componentes han generado un nuevo modelo de relación entre vino y sociedad.

La globalización y la convergencia tecnológica cambiaron por siempre el paradigma de comunicación. El acceso inmediato a la información genera corrientes de opinión atomizadas y asimétricas que distan mucho de la dualidad emisor-receptor de la era analógica. 

En el panorama vitivinícola este hecho se ha traducido en una suerte de paladar global, [dispuesto a maridar una cocina también global], que busca ser satisfecho por los elaboradores, llegando a una uniformidad organoléptica muy alejada de la expresión de la tierra, de la viña, difuminando el concepto de identidad; que, sin embargo, la misma sociedad demanda. 

La creciente preocupación por el medio ambiente; una mayor consciencia social y una suerte de arqueología de lo artesanal vinculada a lo emocional, busca aferrarse a un pasado desprovisto de artificios. Así, tabernas de barrio, mercados municipales o pequeñas y caprichosas vinotecas disfrutan de un redescubrimiento de mano de las nuevas generaciones.

Ante una modernidad homogénea, la inclusión del hecho vinícola y rural como motor de un nuevo modelo de desarrollo económico, cohesionador del territorio y con un trasfondo netamente humanista, nos permite reinventarnos mirando al pasado, para desde el arraigo local, proyectarse al mundo en global.

Así, la dinamización de nuestros espacios naturales trae consigo la recuperación y conservación de antiguas prácticas respetuosas con el mismo, redibujando, al fin y al cabo, el mismo paisaje humano: bosques, abrevaderos, balsas, fuentes y caminos que nos conectan; escalas y terrazas de viñedos imposibles; delimitación y estudio de las particularidades de cada parcela, observación de las pendientes de los cerros para ganar terreno cultivable, etc.

Porque como vemos, nuestra identidad reside también bajo nuestros pies y en el alma de cada cepa, los proyectos que persiguen fines tan necesarios como la recuperación de variedades ancestrales y las diferentes medidas de adaptación al nuevo contexto climático, más que inevitables son urgentes y obligadas. 

Tenemos mucho de lo que cuidar. De este modo, las consecuencias del cambio climático para la vid y los vinos resultantes han convertido a los proyectos de I + D + i en un valor inherente de la misión de las bodegas. 

‘En síntesis, el aumento de las temperaturas provoca desequilibrios durante el proceso de maduración: las bayas alcanzan una elevada concentración de azúcar mucho antes, sin embargo, las pieles y semillas maduran más lentamente. Este desequilibrio se traduce en copa en un aumento significativo del grado de alcohol, un tanino verde y astringente y una dramática disminución de la acidez que acelera el envejecimiento de los vinos.’

Y es que la respuesta del sector y de los amantes del vino debe descansar sobre la búsqueda de la singularidad como motor impulsor de una genuina identidad apegada a la tierra y proyectarla desde la vertiente cultural del Mundo Vino: patrimonio vitivinícola y rural, enoturismo y gastronomía. 

Una proyección compartida y abierta al mundo, desde un uso inteligente de la tecnología y un turismo responsable para con el entorno. 

Así, el entendimiento atávico con la gastronomía local; la rehabilitación y proyección del patrimonio cultural y rural de la vid y su inclusión en el turismo de calidad, amén de la vanguardia en I + D + i que nos ha permitido recuperar variedades ancestrales y adaptarnos a los efectos del cambio climático, han convertido al vino en vector y agente vertebrador de los territorios. Una respuesta de corte humanista y local ante retos y corrientes globales. 

La viña como patria y el devenir del vino como una entropía inevitable y hermosa. Hallar el óptimo equilibrio desde la certidumbre de la ciencia, la emoción de una copa de vino y la responsabilidad de cuidar de un entorno sano, vertebrador del territorio, generador de identidad, pero abierto y compartido al [y con] el mundo.

Quizás por ello, la viticultura y la enología sean dos de las disciplinas que mejor han comprendido la necesidad de la prevención, de la investigación; de la importancia de la historia y el patrimonio en su relato y del cuidado del entorno. Y es seguro que por ello las amamos.

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Sobre nosotros.

Editor de Contenidos y Social Media Strategist . Guionista de formación, escritor de vocación y 'wine lover' por convicción. Soñador frecuente, viajero ocasional. No le gusta bailar.