Alrededores del año 1000 Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo, desembarca en continente americano (en la actual Terranova, Canadá) procedente de las colonias de Groenlandia. Descubre una tierra rica en vegetación y fauna donde las viñas salvajes (Vitis rupetris en su mayoría) dominan el paisaje y los salmones doman la gravedad y discurren a contracorriente. La llamará Vinland y así quedará reflejado en las Sagas nórdicas.

Regresamos hoy a Vinland. Aunque tal vez nunca nos fuimos. Al fin y al cabo “Viejo” y “Nuevo” Mundo se miran hoy de igual a igual (ahora sí, el océano es ya un charco) y estrechan lazos y se conocen y se reconocen como iguales en este nuestro y pequeño mundo.

Las tendencias de fusión gastronómicas entre continentes estimulan la curiosidad y debilitan el virtuoso círculo de fuego que rodeaba a la endogamia del mundo del vino y de la alta cocina.

Porque mezclar, como viajar, aniquila prejuicios y obliga a una flexibilización y modernización de los discursos articulados hasta la fecha, caducos e irrelevantes.

El vino ha encontrado un aliado en la fusión gastronómica para acercarse al común de los mortales. Un mortal curioso e inquieto y sobre todo, sin prejuicios, abierto y conectado al mundo desde su teléfono y desde la carta de pizarra que cuelga de los foodtrucks y tabernas a pie de calle… y tiene hambre.

La cocina peruana gusta, la mexicana siempre ha estado ahí y la brasileña se abre paso, sin pedir permiso, encontrando acomodo entre un público entregado a su magia y fogo. Joao Alcántara, Helena Rizzo y compañía, trabajan y reivindican una cocina que es el fiel reflejo de la historia, de la pluralidad y de la diversidad del país carioca.

Con influencias japonesas e italianas, la cocina brasileña es un compendio de buenas prácticas sobre la relación de su cocina con la naturaleza rica y exuberante del país. Mandioquinha, tucupí, fruto de Açai… Ingredientes nuevos a ojos y paladares europeos que encuentran la armonía en brazos de los vinos de dos continentes tan distintos como el europeo y el americano, acortando las distancias.

Cabe recordar que desde la vieja Europa siempre se miró con recelo a la gastronomía latinoamericana y asiática, tan ricas en sabores intensos, picantes, umamis y ácidos imposibles, que hacían del arte del maridaje una misión harto difícil. Pero hoy las bodegas se han adaptado a la versatilidad de los gustos de la gente, elaborando blancos frescos de punzante acidez y bajo grado alcohólico para soportar un festín de ceviche peruano; rosados que aguantan el tipo ante una orgía asiática de agridulces; blancos con cuerpo y tintos de poco tanino para el sempiterno picante mexicano o musculosos priorats para los asados argentinos. En fin, de todo para todos.

Globalización, convergencia tecnológica, tendencias… Sea como sea, todos somos creadores de este nuevo paladar global y parte activa en la transformación de una herencia multicultural que ve traducida su esencia en una cocina expresiva, con identidad propia, más abierta y dispuesta a la experimentación.

Vino y gastronomía se muestran como fuerzas vivas, como elementos aglutinadores de carácter global. Cocina y vino devienen en los mejores embajadores entre culturas. Así, celebramos la vida y entendemos el mundo como una gran mesa, como una barra de bar, como un eterno menú degustación donde todos tenemos un lugar y una opinión.

Tomad asiento, comed y bebed. Bienvenidos a Vinland.

 

 

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Sobre nosotros.

Editor de Contenidos y Social Media Strategist . Guionista de formación, escritor de vocación y 'wine lover' por convicción. Soñador frecuente, viajero ocasional. No le gusta bailar.