Dicen que no hay nada que acompañe mejor a una buena copa de vino que un trozo de queso o una loncha de jamón de bellota. Cierto, pero, si no hay hambre de por medio y lo que queremos es alimentar el alma, el mejor maridaje puede ser un buen libro. De hecho, la literatura y el vino llevan siendo compañeros inseparables desde hace siglos. Y no son pocos los escritores que han hablado de la bebida dionisiaca en sus páginas. Aquí van algunos ejemplos. Para leer y beber al mismo tiempo…

Homero – La Ilíada (siglo VIII a.c.)

“El mar era del color del vino oscuro”, asegura el poeta griego en una de sus obras más famosas. La frase ha quedado para la historia y es una de las citas más conocidas de Homero, llegando incluso a dar título a un cuento de Leonardo Sciascia: El mar color de vino.

William Shakespeare – Enrique IV (1597)

John Falstaff, figura cómica de Shakespeare, habla del sack (Jerez) en términos sumamente descriptivos y pone de manifiesto el amor de su autor por este tipo de vinos: “Un buen sack contiene en sí un doble efecto. Primero sube al cerebro; allí se encarga de secar todo lo estúpido, aburrido y grumoso que hay en el entorno. Lo vuelve aprehensivo, ágil, sagaz, lleno de exaltada astucia y exquisitas formas. Luego, esto, trasladado a la voz, a la lengua, que es el nacimiento, se convierte en un excelente humor”. Poco más que añadir sobre el vino y sus efectos.

Miguel de Cervantes – El Quijote (1607)

Numerosas referencias hay al vino en la obra inmortal de Miguel de Cervantes. Alonso de Quijano, consciente de la afición de Sancho por esta bebida, le aconseja con sabias palabras: “Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado, ni guarda secreto ni cumple palabra”.

Jane Austen – Emma (1815)

En este libro, Austen explica que uno de sus personajes “había bebido el vino suficiente como para elevar su espíritu, pero en absoluto como para confundir su inteligencia”.

Charles Baudelaire – Las flores del mal (1861)

El poeta maldito tiene, cómo no, un canto a nuestra bebida favorita. En El alma del vino, Baudelaire escribe que “Una noche, el alma del vino cantó en las botellas: ¡Hombre, hacia ti elevo, ¡oh! querido desheredado, bajo mi prisión de vidrio y mis lacres bermejos, una canción colmada de luz y de fraternidad!

Leon Tolstoi – Anna Karenina (1877)

En el novelón de Tolstoi, una de las cumbres de la literatura universal, hay no pocas referencias al vino. En uno de ellos, vemos la descripción de Anna a través de la princesa rusa Kitty: “Podía ver que Anna estaba embriagada con el vino del éxtasis que inspiraba”, mientras que en otro momento, menos metafórico, conocemos que “Esteban Arkadievich lo encontraba todo excelente: el vodka de hierbas, el pan con manteca, la caza ahumada, el vino blanco de Crimea…”.

James Joyce – Ulises (1922)

En la tremebunda obra de James Joyce, considerada una de las cumbres de la literatura universal y una revolución en el ámbito de la novela, se bebe no poco vino y hay amplios fragmentos descriptivos dedicados a la bebida. En uno de ellos se describe como “vino chispeante que se rezagaba en el paladar tragado”.

Francis Scott Fitzgerald – El Gran Gatsby (1925)

En una de las grandes novelas norteamericanas, el protagonistas, Nick Carraway le suelta a su prima Daisy un “Me haces sentir incivilizado”, mientras toma la segunda copa de un claret, un tinto de Burdeos en realidad al que se denominaba así en Norteamérica, “lleno de corcho aunque de impresionante calidad”.

Henry Miller – Trópico de Cáncer (1934)

En esta novela parcialmente autobiográfica, el autor se mueve en un París en el que la sordidez abunda y el vino, cómo no, forma parte del paisaje con frases como la siguiente: “Codo a codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas, que, estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la Humanidad y, mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan, el pan en vino, y el vino en canción…”.

Joseph Roth – La leyenda del santo bebedor (1939)

El escrito norteamericano describe la vida de un vagabundo, Andreas, que vive en París. Entre cafés y bistrots, el vino acaba apareciendo en las páginas como un elemento casi mágico: “Así que el billete de mil francos cambió de propietario. En vista de ello, Andreas continuó algún rato en el mostrador y se tomó tres vasos de vino blanco; a modo de gratitud para con el destino”.

Pablo Neruda – Odas elementales (1955)

El gran poeta chileno dedica una impresionante oda al vino que acaba con una sucesión de frases inolvidables: “El vino mueve la primavera, crece como una planta la alegría, caen muros, peñascos, se cierran los abismos”.

Julio Cortázar – El perseguidor (1959)

Este relato sigue la pista de un genial y dipsómano saxofonista, Johnny Carter. Bruno, el crítico de jazz que escribe sobre él, pregunta sobre sus hábitos en París y le informan de que “Ha estado bebiendo vino y coñac casi todo el tiempo. Pero también ha fumado, aunque menos que allá”.

Ernest Hemingway – París era una fiesta (1964)

La vida de Hemingway no se entiende sin el alcohol (de hecho, en el Floridita de La Habana, una estatua recuerda al autor norteamericano). En su obra abundan las referencias al vino como ésta de París era una fiesta, obra póstuma: “En Europa considerábamos al vino algo tan normal y saludable como la comida, además de una bebida capaz de brindarte felicidad, bienestar y placer. Beber vino no era un esnobismo ni un signo de sofisticación ni de cultura; era algo tan natural como alimentarse y, para mi, tan necesario como eso”.

Roald Dahl – Relatos de lo inesperado (1979)

El breve relato La cata trata, precisamente de una cena en la que Richard Pratt, gastrónomo empedernido, juega con su anfitrión a descubrir cuál es el vino que se le está sirviendo sin escatimar adjetivos: “Un vino alegre, generoso, chispeante. Ligeramente obsceno, quizá, pero en cualquier caso, alegre”.

Jonathan Franzen – Libertad (2010)

El escritor norteamericano describe a su heroína, Patty Berglund, con no pocos vínculos con el mundo del vino. Aparte de su afición a tomar una o dos copas, su relación con el mundo vinícola viene de familia. Su abuelo “cultivaba viñas en la tierra y fermentaba las uvas en un anexo de la finca. Su bodega se llamaba Anca de Cierva y era objeto de no pocas bromas en la familia”.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sobre nosotros.

Periodista modelo navaja suiza capaz de escribir sobre estilo de vida, gastronomía e incluso cultura. ¡Y sin atragantarse!