Aunque aquí nos resulte extraño, lo cierto es que en un 80 % de los países se consumen insectos de forma habitual. Y en algunos de ellos, como Tailandia, México, China o Japón, estos forman parte de la dieta diaria, se venden por las calles y se disfrutan tanto como lo hacemos nosotros al degustar carne de conejo, percebes, gambas, caracoles o cualquier otro alimento que con toda seguridad pondría los pelos de punta en otras culturas. Era una costumbre que desconocíamos en Occidente y que la globalización y los vuelos a ultramar han normalizado.

Se consumen por muchos motivos, tanto por su extraordinario sabor (las hormigas culonas tienen un punto cítrico sensacional, mientras que el escorpión nos deja un retrogusto a fruto seco y la tarántula tiene un sabor cárnico más potente), como porque son una fuente de nutrientes de gran valor, especialmente proteínas.

Hay otros aspectos de índole medioambiental y económica relacionados con el consumo de insectos que conviene tener en cuenta en los países desarrollados: los insectos se presentan como una buena alternativa para todos los problemas, ya que aportan proteínas, vitaminas, fibra y minerales, son baratos, fáciles y rápidos de criar y respetuosos con el medio ambiente.

Eso es lo que recalca el libro que la editorial Planeta Gastro ha lanzado hace poco: COMER INSECTOS, Un descubrimiento, una obra firmada por Isaac Petràs, experto en la materia ya que ostenta el puesto de insectos del emblemático mercado de la Boqueria, en Barcelona. Las fotografías que ilustran este libro medio camino entre el recetario (entrantes, aperitivos, primeros…) y la divulgación de trucos, secretos, beneficios y otros aspectos sobre esta familia de alimentos, son de Becky Lawton.

¿POR QUÉ ES INTERESANTE INCORPORAR INSECTOS COMESTIBLES A NUESTRAS VIDAS?

Por diversos motivos; para empezar, la cantidad de población de otros continentes residente en España que se alimenta habitualmente de insectos en sus países de origen. De hecho, en el debate sobre la legislación europea relativa a nuevos alimentos que tuvo lugar antes de su aprobación, se invitó al Parlamento Europeo a diversos expertos mundiales en las diferentes materias; entre ellos, el embajador de México en Bruselas, que se mostraba maravillado, no sin cierta sorna, ante la fascinación repentina de los europeos por los insectos. También por otros alimentos que en su país se consumen de forma habitual desde la época de los mayas, como las semillas de chía.

Pero hay otros aspectos de índole medioambiental y económica relacionados con el consumo de insectos que conviene tener en cuenta en los países desarrollados. El Nordic Food Lab alerta, como ya lo han hecho en diversas ocasiones instituciones como Greenpeace, de que la producción masiva de carne y lácteos es insostenible para el medio ambiente. Los datos hablan por sí solos: hasta un 80 % de las tierras destinadas a la agricultura se utilizan para la producción extensiva de ganado, pese a que la carne supone, apenas, el 18 % de las calorías que consumimos. Y no solo eso: si no se reducen al menos en un 74 % las emisiones de gases de efecto invernadero y hasta un 60 % los fertilizantes compuestos por nitratos antes de 2050, tal vez ya sea demasiado tarde para poner freno al cambio climático. En este sentido, la producción y comercialización de insectos parece una buena manera de introducir proteínas de alto valor biológico, además de otros nutrientes fundamentales, en la dieta de muchas personas en el planeta que no tienen acceso al consumo de carne, pescado o huevos. Y son muchas, millones en todo el mundo.

Así pues, los insectos se presentan como una buena alternativa para todos los problemas que plantean Greenpeace y otras organizaciones ecologistas, ya que aportan proteínas, vitaminas, fibra y minerales, son baratos, fáciles y rápidos de criar y respetuosos con el medio ambiente (requieren escasa extensión de terreno). Además, existen más de 1.600 variedades catalogadas en el mundo y más de 2.000 millones de personas en el planeta —se dice pronto— los consumen de forma habitual. La propia Organización Mundialde la Salud defendió el consumo de insectos en 2013 por su «potencial nutritivo envidiable», de manera que hoy en día constituyen un campo por explorar, repleto de recovecos y sorpresas, en los países occidentales.

Sin embargo —si he de ser sincero—, mi introducción, tarántula mediante, en el mundo de los insectos y mi posterior flechazo no responde tanto a motivos racionales, que también los hay, como a una pulsión absolutamente irracional por saber más sobre ellos: por recorrer el mundo para aprender cómo y dónde se comen, con qué se combinan y se maridan, a qué saben, dónde se venden y, después, trasladar todo ese aprendizaje al comensal barcelonés. Todo ello, sin ninguna intención de poner patas arriba la pirámide nutricional mediterránea, ni mucho menos, sino únicamente de descubrir un producto nuevo y también de entender por qué los insectos tienen esa mala fama en el imaginario colectivo occidental. Probablemente, le debemos mucho a Franz Kafka, la persona que tal vez mejor ha definido a lo largo de la historia esa mezcla irracional de repulsión y angustia que asociamos a los insectos en Europa. Suena a locura, ¿verdad?

¿Por cuáles empezamos?

LA TARÁNTULA –> Todo empezó el día en que probé una tarántula. Fue en Perú, en el verano de 1998, cuando aquí apenas se comía ni siquiera sushi, la cocina internacional era todavía patrimonio de unos pocos paladares intrépidos y la revolución gastronómica que marcó las décadas posteriores aún se estaba gestando. Si en aquella época incluso al sibarita más recalcitrante le parecería rarísimo comerse un ceviche, es fácil imaginar la cara que pusimos mi amigo y compañero de viaje y yo cuando nos plantaron ante los ojos una flamante tarántula a la brasa en medio del Amazonas de finales de los noventa. No había escapatoria, pese a que, en aquellos momentos, con la tarántula allí delante, nuestro único deseo era salir corriendo sin mirar atrás. ¿Escupirla? Mi amigo y yo nos entendíamos con la mirada, sin necesidad de palabras, mientras una tribu al completo nos ofrecía lo que para ellos era un manjar casi sagrado, una liturgia: su imponente tarántula, peluda y crujiente, lista para ser degustada.

Como la mayoría de los acontecimientos importantes en la vida, todo empezó por casualidad, sin haberlo planeado y, en este caso, de forma totalmente rocambolesca. Lo que iba a ser un viaje de placer a Perú junto a mi amigo de toda la vida —un tipo grandullón de más de 1,90 m que se volvió minúsculo cuando tuvo que enfrentarse a aquella tarántula— acabó convirtiéndose en un tour semihumanitario por el Amazonas. En nuestra parada en plena selva, los nativos tuvieron problemas con los depósitos de agua, de manera que las circunstancias nos llevaron a cambiar la agenda del viaje y quedarnos unos días más para ayudarlos a solucionar sus problemas de abastecimiento.

Trabajamos junto a ellos codo con codo, prácticamente día y noche, durante unos días que se convirtieron en semanas y que nos permitieron ampliar nuestra visión del mundo, constatar que a los seres humanos nos unen muchas más cosas de las que nos separan y comprobar en nuestras propias carnes lo limitado que era el recetario mediterráneo que habíamos conocido hasta la fecha. Como agradecimiento a nuestra colaboración, la tribu a la que ayudamos nos quiso agasajar con lo mejor de su despensa, un platazo que no abundaba y estaba reservado únicamente para las ocasiones especiales. Y nos lo sirvieron con todos los honores. Allí estaba la tarántula, especialmente cocinada para esos dos forasteros que les habían echado una mano desinteresadamente, una muestra de agradecimiento a la que —mi amigo y yo lo vimos claro sin necesidad de intercambiar palabras— no podíamos decir que no bajo ningún concepto.

En aquel momento no podíamos imaginar que ese bicho que reposaba ante nuestros ojos convenientemente braseado y que logró acelerarnos el corazón como pocas cosas en la vida, no solo nos iba a hacer reír durante mucho tiempo cada vez que rememorásemos la anécdota, sino que a mí, personalmente, iba a cambiarme la vida de alguna manera.

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Sobre nosotros.

Una periodista francesa ‘expatriée a Barcelona’ que colabora con medios de ambos lados del Pirineo.