A menudo la excusa para no volar a Reyjkavik es que no tenemos tiempo, y acabamos aprovechando esos tres o cuatro días que tenemos para regresar por enésima vez a Londres o Roma. Craso error, porque una escapada bien organizada de cuatro días a Islandia nos va a permitir conocer rincones increíbles, conducir por parajes que sólo habitaban en nuestra imaginación y descubrir los encantos de esta inquietante isla, uno de los países más bellos del mundo.

1- Una noche en la ópera
Si buscásemos en un diccionario una definición de Primer Mundo, probablemente aparecería una foto de Reykjavik, una ciudad bienestante donde las haya, que destila confort, en la que todo el mundo es guapo y estiloso y parece estar profundamente satisfecho con su vida. La peatonal Laugavegur constituye su centro neurálgico, una sucesión de restaurantes, cafés y tiendas de ropa absolutamente cools, donde puedes encontrarte a Björk departiendo con unos colegas artistas mientras se fuma un cigarro en la calle a 0º -en Reykjavik raramente bajan de los 0º, pese al mito, pero el terrible viento que asola la ciudad rebaja la sensación térmica-.

Bastará una tarde para descubrir los encantos de la ciudad, tomar un café en el pintoresco Babalú, cenar frente al puerto en el imprescindible Kopar y disfrutar de su excelente risotto de langosta, y acabar la noche tomando unas copas en Kolavautrin, el restaurante-coctelería del espectacular Harpa, premio Mies Van Der Rohe de Arquitectura. Este edificio es la sede de la Orquesta Sinfónica de Islandia y la Ópera Islandesa y es un espectáculo cromático que recomendamos visitar cuando cae la noche.

2- Blue Lagoon, los baños más turísticos
Sí, son turísticos, pero no se puede visitar Reyjkavik sin acercarse a este spa al aire libre, cuyas aguas geotermales se encuentran en una formación de lava, bañarte a la intemperie pese a los 0º, y disfrutar de una de las experiencias más indescriptibles de tu vida. Si el bolsillo te lo permite, puedes disfrutar de cocina islandesa de vanguardia en su restaurante Lava, dirigido por Viktor Orn Andresson, que obtuvo el reconocimiento a mejor chef nórdico en 2014 y cocina, entre otras cosas, un bacalao que quita el hipo.

3- Una excursión a los géisers
Seguimos en los alrededores de Reykjavik y cogemos el coche, sin temor a que en cualquier momento nos caiga una tormenta apocalíptica que nos haga temer por nuestras vidas, para dirigirnos a visitar los géisers. A estas alturas, probablemente aún no estemos acostumbrados al espectáculo natural que es conducir por Islandia, donde se van sucediendo paisajes increíbles como si alguien los hubiese filmado y montado: de los glaciares a los paisajes lunares, bosques increíbles, kilómetros de montañas desérticas cubiertas de musgo en las que de repente sobreviene un flamante arco iris y, en un punto del recorrido, estas fuentes termales que emiten periódicamente una columna de agua caliente y vapor al aire, uno de los principales reclamos turísticos del país.

4- Una cena ‘cool’ en Akureyri
Es la cuarta ciudad de Islandia, y su encanto es que se encuentra muy al norte, cerca del Círculo Polar Ártico, aunque paradójicamente tiene un clima notablemente más cálido que el resto. Uno de los encantos de este lugar es su interesante vida cultural y gastronómica (una buena idea es hacer un alto en el camino para degustar las especialidades del restaurante Strikid, uno de los más concurridos de la ciudad y con un ambientazo nocturno), aunque también lo son los fiordos que la rodean. Una gran idea es conducir hacia el norte por sus carreteras solitarias que discurren entre montañas, una travesía en la que sentiremos constantemente que estamos dirigiéndonos literalmente al fin del mundo, y contemplar de cerca el fiordo de Siglofjordur.

5- Un paseo bucólico por los alrededores del Lago Myvatn

Es uno de esos lugares a los que se desplazan a descansar los islandeses urbanitas, un gran lago rodeado de imponente vegetación, donde se rodó una parte de Juego de Tronos. Aquí podemos hacer excursiones increíbles, acostumbrados ya a que emane humo del suelo por todas partes, comer su excelente salmón que prácticamente todo el mundo ahúma en sus casas y disfrutar de sus hermosas vistas y la calidez de sus gentes. Una buena idea es detenerse en los baños naturales Myvah Baths, una especie de Blue Lagoon muchísimo más auténtico, frecuentado por locales y un lugar increíble que merece la pena visitar al anochecer.

6- Una comida ‘healthy’ en Vogafjos

Seguimos en los alrededores del Lago Myvatn y nos detenemos en este hermoso hotel-restaurante donde se sirve una comida de autoabastecimiento que consiste en productos de su huerto íntegramente biológicos, salmón ahumado en su propio ahumadero y deliciosas carnes procedentes de productores locales. Este bucólico lugar resume a la perfección la filosofía gastronómica que se respira en Islandia: productos naturales y ecológicos, km 0 y escasez de alimentos procesados, una paradoja teniendo en cuenta que las condiciones climatológicas no son las mejores para los productos frescos. En Vogafjos es imprescindible probar su magnífico ‘skyr casero, una especie de yogur delicioso, denso y sabroso, muy típico en las mesas de este país.

7- Godafoss, la belleza sobrecogedora de la naturaleza
Cerca del lago Myvatn es obligatorio detenerse a contemplar la cascada de Godafoss, una de las más espectaculares de Islandia (y probablemente del mundo), en la que las aguas del río Skjálfandafljót caen desde una altura de doce metros y a lo largo de un ancho de treinta metros.

8- Un paseo a caballo por Varmahlid

Si conducimos desde el norte de nuevo hacia Reykjavik es recomendable hacer una interesante parada en la pequeña localidad de Varmahlid, uno de esos lugares tan propios del corazón de Islandia que nos recordarán a los pueblos fantasma de Scooby Doo. Una de las principales atracciones turísticas de la zona es un paseo a caballo por parajes al más puro estilo Brokeback Mountain, entre montañas onduladas, aguas apacibles y montañas de un verde tan bello e intenso que nos harán olvidar que nos hallamos a pocos kilómetros de un glaciar.

9- De las montañas al glaciar
Seguimos conduciendo hacia el sur y los paisajes siguen cambiando como si fuesen decorados. Si tenemos cuidado de que no nos sorprenda la noche (nunca se sabe qué fenómeno meteorológico puede sobrevenirnos en Islandia y cómo éste va a afectar al estado de las carreteras), es obligatorio hacer una parada en el glaciar de Langjökull, el segundo más grande de la isla y una auténtica bofetada de belleza de la que es difícil recuperarse. Si es que te recuperas algún día. Porque en la vida de cualquiera con un mínimo de sensibilidad a la belleza siempre hay un antes y un después de visitar Islandia.

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