Marrakech cautiva en el mismo momento en que el visitante pisa el suelo de la que es conocida como la “Ciudad Roja”. A tan solo -más o menos- dos horas de vuelo de la península, es un cambio radical, brutal, desconcertante. Otro mundo que se encuentra justo al lado, por así decirlo.

A la vez cercana e incomprensible, popular y majestuosa, caótica e indómita, Marrakech se descubre primero a través de su centro histórico, la medina, rodeada de murallas construidas por los almorávides en el siglo XII y consideradas Patrimonio Mundial por la UNESCO. No hay que temer perderse en su laberinto de callejuelas estrechas en las que apenas penetran los rayos del sol, donde moverse al ritmo de la masa. Así es como se descubre su ambiente más auténtico y popular, con toda la agitación de los zocos, donde se encuentra de todo y a todos los precios. Con paciencia y curiosidad, abriendo bien los ojos, respirando hondo y escuchando, se capta una explosión de colores, aromas placenteros entremezclados con otros nauseabundos, ruidos y sensaciones.

Murallas Marrakech

Murallas Marrakech.

Los zocos, de los más atractivos del mundo árabe, albergan a más de 40.000 artesanos locales, distribuidos por especialidad: Ahiak (donde trabajan y venden las telas), Chouari (madera), Haddadine (hierro), Smata (calzado tradicional, conocido como ‘babouches’), Rabia (alfombras) y el Kebir (piel). Y por en medio, un sinfín de negocios donde encontrar souvenirs de todo tipo, como si de la caverna de Ali Babá se tratara. Todo se consigue a base de largas y apasionadas negociaciones que gana el más hábil postor.

Calles del zoco.

Calles del zoco.

Pero el punto neurálgico de la medina es la plaza Jemaa-el-Fna, corazón de la ciudad, que en sus horas punta (sábados y domingos por la noche) bien podría parecer el centro del universo. Caminar hasta el centro de la plaza y pararse a observar un par de minutos todo lo que nos rodea es una experiencia casi religiosa. Jemaa-el-Fna es un hervidero humano (y animal), un inmenso escenario en el que conviven vendedores ambulantes, cuentacuentos, encantadores de serpientes, músicos, curanderos, adivinas y lo que en nuestro país, para ser ‘cool’, llamaríamos ‘food trucks’ y puestos de ‘street food’ donde probar las recetas más tradicionales de Marruecos –eso sí, solo aptos para estómagos todoterreno-: cabeza de cordero a la barbacoa, entrañas a la brasa, sopas de legumbres, repostería árabe (a base de azúcar, almendra, miel, frutos secos…). Aquí la gente comparte festín alrededor de grandes mesas y bancos y se pone las botas por poco dinero.

Plaza Jaama El Fna.

Plaza Jaama El Fna.

Para apreciar todo este teatro urbano, nada como subir a una de las numerosas terrazas de los cafés que bordean la plaza. El Hôtel de France y el Café Glacier son de nuestras favoritas por su estilo decadente y porque ofrecen las mejores panorámicas de la medina. Uno se puede quedar horas y horas tomando uno de estos tés a la menta cargados con cuatro cubitos de azúcar por vasito, mientras observa –y asimila- con tranquilidad la fascinante agitación que reina en la plaza acompañada del son de los tambores y de los cantos coránicos que se elevan a la hora del rezo.

A lo lejos, bien entrada la noche, se observa la Koutoubia iluminada. Un minarete del siglo XII inspirado en la Giralda de Sevilla convertido, con el paso del tiempo, en el emblema de Marrakech. Hay más. Para citar solo algunas visitas imprescindibles: la Madraza de Ben-Youssef, una antigua escuela coránica del siglo XVI de estilo arabo-andaluz; la mezquita El-Mansour, en cuyos jardines están las tumbas de los reyes Saadíes; el Palacio Bahia, donde contemplar el esplendor de las viviendas marroquíes del siglo XIX decoradas del suelo al techo de coloridos mosaicos…

Pero estos monumentos no son los únicos tesoros arquitectónicos de Marrakech. La ciudad esconde magníficos riads, esas casas tradicionales marroquís que habitaban las grandes familias de antaño hoy convertidas en hoteles boutique de escasas habitaciones. Remansos de paz imperceptibles desde la calle, ya que están cerrados al exterior. Es pasar por la puerta y entrar en un cuento de las mil y una noches, totalmente aislado de la caótica y ruidosa realidad. Éstas se organizan en torno a un luminoso patio central y una fuente de agua. Nos decantamos por Abracadabra (Derb Jamaa, 125) y el Palais Riad Lamrani (63, rue sidi el Yamani). El primero presume de un patio digno de cualquier editorial de revista de interiorismo, así como de una terraza en su azotea ideal para disfrutar de un largo desayuno rodeado de este paisaje de techos y parabólicas tan característico de esta ciudad. El segundo, porque sus jardines interiores, restaurados recientemente, son como la materialización de un sueño exótico.

Riad Abracadabra.

Riad Abracadabra.

Pero nada es comparable con la belleza de los Jardines Majorelle, situados más allá de las murallas, al norte de la ciudad. Auténtico paraíso terrenal, oasis en medio de la ciudad, fue la vivienda del pintor Jacques Majorelle hasta su muerte en 1919. Adquirida años después por el modisto Yves Saint-Laurent y su pareja, Pierre Bergé, el lugar alberga actualmente la colección de arte islámico del prestigioso diseñador de moda, aunque su atractivo es, sin duda, su jardín compuesto por flores, palmeras, cactus y otras plantas procedentes de todo el planeta. Casi escondida entre la abundante vegetación, la casa-atelier destaca por su color azul-malva, conocido como el “Azul Majorelle”. Un lugar lleno de magia, aunque muy turístico.

Jardin Majorelle

Jardin Majorelle.

Otra opción para el relax es encerrarse una horas en un hammam, como el Mythic Oriental Spa (Ryad Laarouss, 7, Derb Saleh), donde dejarse llevar por un ritual de belleza y bienestar árabe que incluye un lavado de pelo y cuerpo; exfoliación completa y masaje con aceites esenciales de flor de naranjo o de rosa.

Marrakech también debe descubrirse a través de su gastronomía. Perfumada, intensa, llena de contrastes de sabores picantes, especiados y dulzones. Los paladares más gourmet se rendirán a delicias como el tajine y el couscous, las keftas o las deliciosas pastilla de paloma. Recomendamos tomar asiento en la mesa de La Table du Palais (63, rue sidi el Yamani), del Azar (Rue de Yougoslavie), de Un déjeuner à Marrakech (4, rue Douar Graoua) o de Chez Zaza (21, Bab Fouth), que además de una cocina refinada cuentan con un entorno encantador.

marrakech

Couscous en el restaurante azar.

Para acabar un fin de semana perfecto, nada como subirse a un carro de caballo y dejarse llevar a las puertas de La Mamouina (Avenue Prince Moulay Rachid), el hotel más lujoso y famoso de Marruecos. Un palacio en cuyo jardín se encuentra una fabulosa terraza donde brindaremos con un cóctel o una copa de vino, al gusto, pensando en cuándo volveremos a Marrakech.

La Mamounia

En la terraza de La Mamounia…

 

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Sobre nosotros.

Una periodista francesa ‘expatriée a Barcelona’ que colabora con medios de ambos lados del Pirineo.