Somos muchos los que aún nos ponemos contentos semanas antes de irnos de vacaciones, recopilamos información como locos y, para tratar de ambientarnos, leemos novelas que transcurren en el destino elegido. Del París de Julio Cortázar al Nueva York de Paul Auster, aquí van varias novelas que reflejan, cada una a su manera, el alma de algunas ciudades en cuyas calles nos esperan numerosas aventuras este verano.

Barcelona. El día del Watusi, de Francisco Casavella. 

Barcelona es una ciudad muy novelesca, que ha dado lugar a ‘best sellers’ de calidad discutible pero tremendamente adictivos, y también a grandes novelas como La ciudad de los prodigios, La plaça del Diamant, La magnitud de la tragedia o cualquier Carvalho. Pero si tenemos que quedarnos con una de todas esas Barcelonas que nos llegan a través de la literatura, nuestra opción sería, sin duda, la que retrató Francisco Casavella en su espléndida trilogía. De las barracas de Montjuïc a los macarras de la Barceloneta, los yonquis de la Plaza Real de los 80 y aquel extraño furor pre-Olímpico que, de alguna manera, fue la semilla de la Barcelona que tenemos ahora. El día del Watusi es una novela cruda, y también muy divertida, herencia, a su manera, de aquellas Últimas tardes con Teresa, que se sumerge en las entretelas de la ciudad y nos habla, con ese genuino lirismo macarra, de esas cosas que tenemos todavía hoy ante nuestros ojos y no somos capaces de ver.

Nueva York. Trilogía de Nueva York, de Paul Auster.

Que nos perdonen Mailer y Dos Passos, incluso Lorca. Que no nos lo tengan en cuenta Joyce Carol Oates, Fitzgerald y Enric González, pero para Nueva York nos quedamos con la novela sobre la Gran Manzana por excelencia, sin duda la mejor de su autor y un bello retrato sobre una ciudad inquietante, capaz de esconder todos los misterios que ideó Auster en sus tres historias. Y muchos más. Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, los tres relatos que componen la trilogía, combinan con acierto el thriller y la novela introspectiva, y sacan a pasear los fantasmas del autor, sus miedos y sus paranoias, por las calles de un Manhattan siempre en ebullición.

Londres. Campos de Londres, de Martin Amis.

Es, probablemente junto a La información y Experiencia, la mejor novela de un autor que ha sabido retratar como nadie la sordidez de la capital británica. Dura, cruda, violenta, desagradable, soez en gran medida, en Campos de Londres ocurre exactamente lo mismo que con todo Amis: los personajes te caen terriblemente mal, te resultan repulsivos y amorales, hasta que en cierto momento comienzas a crear inexplicablemente extraños lazos de empatía hacia ellos. Como la que acaba uniéndote a Keith, el red neck pornoadicto jugador de dardos que malgasta su miserable vida tras la barra del pub local, uno de los mejores retratos de los estragos del tatcherismo en los suburbios de Londres.

Estocolmo. Un hombre enamorado, Karl Ove Knausgard.

El escritor noruego se ha ganado el aura de nuevo maldito de la literatura gracias a su trilogía Mi lucha, un ambicioso proyecto que pretende retratar su vida en seis volúmenes. El segundo de ellos es el fascinante Un hombre enamorado, que reflexiona sobre su traslado de su Noruega natal a Estocolmo, el enamoramiento, la paternidad, la frustración que le genera su relación con la literatura, las diferencias –imperceptibles para un mediterráneo– entre suecos y noruegos.

Knausgard refleja bien esa hostilidad de la bienestante capital sueca y las miserias de esa clase media ilustrada que tan mal se relaciona con el alcohol. Y acaba siendo, a nuestros ojos, a ratos un insoportable gruñón cascarrabias y otros un alma hipersensible incapaz de lidiar con todas esas cosas terribles a las que tú te enfrentas día a día sin pestañear, sin darte cuenta siquiera de que son inhumanas.

París. Rayuela, de Julio Cortázar.

En muchos casos, cuando uno viaja a París lo hace atraído por aquella ciudad que durante varias décadas del siglo XX atrajo a intelectuales y artistas de medio mundo, y que luego, por algún motivo, fue perdiendo poco a poco ese halo de caldo de cultivo creativo en beneficio de lugares como Berlín o Nueva York. Una de las novelas más famosas de todos los tiempos sobre París, y probablemente la que mejor retrata aquella ciudad que acogía a artistas e intelectuales de todo el mundo, es esta que se lee saltando las páginas, con una protagonista femenina fascinante y autodestructiva (La Maga como primera locadelcoño de la Historia). Una novela que retrata con acierto una ciudad cuyas calles rebosaban una creatividad que podía con todo, y que podía resultar asfixiante si no eras Picasso o Hemingway. Este último, por cierto, también plasmó su amor infinito por la ciudad en la hermosísima París era una fiesta.

Trieste. La conciencia de Zeno, de Italo Svevo.

Trieste es esa ciudad del norte de Italia que uno no acaba de entender nunca. No se sabe si  ha perdido su idiosincrasia al hallarse en esa tierra de nadie que es la frontera entre dos países tan dispares, Italia y Eslovenia. Tal vez por este motivo Zeno Cosini, el protagonista de esta novela de 1923, refleja a la perfección esa situación de desconcierto existencial y se convierte en uno de los primeros personajes estrictamente modernos de la literatura universal, aquel hombre fragmentado de Nietzsche que posteriormente cristalizó en El hombre sin atributos de Robert Musil. Más allá del trasfondo filosófico que encierra este mediocre hombre de negocios que engaña a su psiquiatra, Zeno es un personaje divertido y a la vez patético, un eterno insatisfecho inmoral y egoísta, un agonías de manual en cuya compañía vamos a pasar ratos muy divertidos.

Asturias. Nos vemos en esta vida o en la otra, de Manuel Jabois. 

Podíamos haber escogido La Regenta, e iniciar una interesante relación de amor-odio con nuestra Madame Bovary patria –una mujer del siglo XIX que podías haber sido perfectamente tú–, pero hemos preferido dirigir nuestros ojos al Avilés contemporáneo con una novela (un reportaje novelado, para ser exactos) a cargo de una de las mejores plumas del periodismo contemporáneo. Manuel Jabois se desplaza al Avilés más lumpen para profundizar en las vidas de aquellos chavales medio yonquis, medio delincuentes, ignorantes, desatendidos, procedentes de familias desestructuradas, que colaboraron en los atentados del 11-M robando explosivos de la mina. Nada que ver con la Vetusta bucólica de Clarín, pero sí un buen retrato, en ocasiones de una neutralidad exasperante, de esa Asturias que no se ve.

 

 

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