Me gustan los vinos perfectos. Del mismo modo que me gustan las pelis de terror, los días soleados de invierno o las mujeres con cierta tendencia a la bipolaridad.

Por contra de lo que uno podría pensar, el concepto “perfecto” en boca de un experto viene a significar poco menos que vulgar, comercial, falto de alma y carácter. Terroaristas confesos que buscan singularidades humanas en las imperfecciones, la personalidad, la expresión desnuda de la tierra y demás blablabla, en una copa de vino.

Bien, me sumo. Pero la expresión desnuda de lo que sea la quiero en mi cama. En mi copa quiero felicidad, plena y rotunda (también en mi cama).

Quiero una cultura del vino sin la cultura por delante, del mismo modo que no quiero una cultura de la la literatura, una cultura del cine o una cultura de la VIDA. Hagamos la resta:

literatura, cine, vida, vino

mejor así, ¿no?

Porque admitámoslo. La cultura es un concepto que se ha retorcido y pervertido hasta quedar reducido a un estigma en este país, ergo actúa como repelente para un público que se muestra abiertamente indiferente a esa cultura del vino, una cultura centrípeta, erigida desde un discurso viejuno y auto complaciente. Porque en este caso, no es el fondo, es pura forma. No es el discurso sino la historia, la emoción, la que nos mueve. Desvistamos al vino de la ropa de los domingos y pongámonos algo ‘casual’.

No necesito singularidad en mi vino y no necesito encontrarle una razón de ser. Quiero que me llene la boca. Quiero que me ponga los pelos de punta y el paladar duro. Quiero llorar.

Porque en el vino busco placer y ese placer es precisamente el mejor reclamo. El placer es curioso por naturaleza y la curiosidad nos abre nuevas puertas, nos anima a ir más allá, para así, descubrir por nuestros propios medios lo mucho que el vino -y quien lo hace- tiene que ofrecernos.

Ampliemos el garito y que quepamos todos. Corramos cortinas y abramos ventanas. Aire fresco por favor.

 

 

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Sobre nosotros.

Editor de Contenidos y Social Media Strategist . Guionista de formación, escritor de vocación y 'wine lover' por convicción. Soñador frecuente, viajero ocasional. No le gusta bailar.