Un intento fallido, esta sería la mejor forma de resumir la fiesta del cine español. La 32ª edición de los premios Goya prometía tener más ritmo y ser más entretenida que las anteriores, pero se quedó en un absurdo intento de imitar a la gran gala de Hollywood.

Nada funcionó. Ni los presentadores, ni la realización, ni la organización… Tener a Ernesto Sevilla y a Joaquín Reyes como maestros de ceremonias era un poco arriesgado. Su peculiar humor tiene un público muy concreto y diferente al que había el sábado noche en el Marriott Auditorium Hotel de Madrid, que, además, tuvo que aguantar una ceremonia aburrida, lenta y pesada que duró más de tres horas.

Pero no sólo fallaron los presentadores. Como ya sucedió en otras ediciones, la realización no estuvo a la altura de lo que se esperaba: fallos técnicos, micros abiertos y planos de cámara que no venían a cuento (como el constante enfoque a la que parecía ser la única mujer cámara de la noche), imágenes del backstage literalmente feas en el seguimiento a los ganadores y los presentadores a su salida del escenario o el momento del teleprónter, uno de los más comentados en redes sociales, en el que al enfocar al público se podía ver la pantalla con el guión de los presentadores. Y cuando parecía que ya no podía pasar nada más, la organización se coronó al dejar a Jesús Castro y a Hiba Abouk sobre el escenario sin saber qué hacer esperando a que alguien les diera el siguiente premio.

Y, aunque la noche iba de esto, de premios, los errores y las continuas reivindicaciones los dejaron en un segundo plano. Handia, la película sobre el gigante de Altzo, se hizo un hueco en la historia del cine español al ganar en 10 de las 13 categorías a las que estaba nominada, convirtiéndose así en la tercera película con más Goya de la historia, después de los 14 de Mar adentro y los 13 de ¡Ay, Carmela!.

Handia no pudo hacerse con el premio a mejor dirección ni a la mejor película, que finalmente fueron a manos de Isabel Coixet y su película, La librería, una adaptación de la novela homónima de Penélope Fitzgerald: cerró la noche con tres galardones, los mismos que consiguió Estiu 1993. Tal y como se esperaba, Carla Simón ganó el Goya a la mejor dirección novel por esta misma cinta, por la que también fueron distinguidos dos de sus intérpretes, Bruna Cusí (mejor actriz revelación) y David Verdaguer (mejor actor de reparto). Y fue así también como, en una noche en la que el feminismo estaba en boca de todos, la 32ª edición de los Goya pasará a ser recordada por galardonar, por primera vez, a dos mujeres en las categorías de dirección.

 

 

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